Te he contado alguna vez que soy de esas personas que mete
el coche en el primer hueco que encuentra,
si el atardecer me pilla en la carretera y sin prisa?
Me invaden las luces anaranjadas que incendian el horizonte
y la amalgama de colores tan exquisita.
La despedida de las últimas luces del día. Y el silencio...
No quiero perdérmelo.
El atardecer me sabe a vida, a esperanza de reencuentro,
a la necesidad de un abrazo. Me sabe a versos.
Como este cachito maravilloso de poesía nerudiana que he recordado
durante este atardecer:
-Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.
En ese momento
echaba en falta beber
un té verde con hierbabuena.
Y a ti...

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