jueves, 4 de septiembre de 2014

Anatomía de un sueño







Ayer quedamos en vernos a mitad de camino en un sueño. 
Ya me preparaste por si te encontraba dormido, porque estabas muy cansado. Y te encontré dormido. Tumbado en un claro del bosque bajo dos viejos robles, cerca de un arbusto de romero. 
Y contigo, restos de salitre y aire de mar.
Me tumbé a tu lado sin hacer ruido, estabas todo para mí, y podía observarte sin prisas. Los ojos cerrados, y respirando profundo.

Solo un botón desabrochado de tu camisa blanca de algodón de manga corta. O era de lino...?
Escapada  del tejano que esconde tus caderas estrechas.

Con la yema del dedo fui saltando por tu piel suave de una peca a otra, parándome perezosa en esas tres del color del chocolate que tienes en la mejilla y que sobresalen del resto.

Enredándome en un mechón de pelo revuelto que descansaba contigo sobre tu lado derecho.

Las sombras de esas patillas largas bandoleras me las recorrí enteras, muy despacio, notando su aspereza, entreteniéndome, imaginándomelas cada mañana tapadas por espuma blanca, para salir de ellas y reencontrarme con más piel suave.

Un instante fugaz y entre las manos unas pocas moras negras y dulces y dos ramitas verdes de romero.

Te mueves, pero sigues dormido. A pesar de rozarte la barbilla, y tus ojos verdes tan preciosos y tan cerrados, y tus labios, y pararme en tu labio gordito.
Y yo que quería preguntarte qué tercera cosa hay entre el vivir y el soñar...

No olías a mora y romero cuando te despertaste?

Porque mi ramillete de romero huele a ti.


 



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