Ayer quedamos en vernos a mitad de camino en un sueño.
Ya me preparaste por si te encontraba dormido, porque estabas muy cansado. Y te
encontré dormido. Tumbado en un claro del bosque bajo dos viejos robles, cerca
de un arbusto de romero.
Y contigo, restos de salitre y aire de mar.
Y contigo, restos de salitre y aire de mar.
Me tumbé a tu lado sin hacer ruido, estabas todo para mí, y podía observarte sin prisas. Los ojos
cerrados, y respirando profundo.
Solo un botón desabrochado de tu camisa blanca de algodón de
manga corta. O era de lino...?
Escapada del tejano que esconde tus caderas estrechas.
Escapada del tejano que esconde tus caderas estrechas.
Con la yema del dedo fui saltando por tu piel suave de una
peca a otra, parándome perezosa en esas tres del color del chocolate que tienes
en la mejilla y que sobresalen del resto.
Enredándome en un mechón de pelo revuelto que descansaba contigo sobre tu lado
derecho.
Las sombras de esas patillas largas bandoleras me las
recorrí enteras, muy despacio, notando su aspereza, entreteniéndome, imaginándomelas cada mañana tapadas por espuma blanca, para salir
de ellas y reencontrarme con más piel suave.
Un instante fugaz y entre las manos unas pocas moras negras
y dulces y dos ramitas verdes de romero.
Te mueves, pero sigues dormido. A pesar de rozarte la barbilla, y tus ojos verdes tan preciosos
y tan cerrados, y tus labios, y pararme en tu labio gordito.
Y yo que quería preguntarte qué tercera cosa hay entre el vivir y el soñar...
Y yo que quería preguntarte qué tercera cosa hay entre el vivir y el soñar...
No olías a mora y romero cuando te despertaste?
Porque mi ramillete de romero huele a ti.
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