Hace solo un rato que volvía de trabajar cuando me he encontrado con un rebaño de ovejas cruzando la carretera.
Me gusta cuando me encuentro con ellas, aunque esta vez creo que hasta lo he agradecido. Les he agradecido que me hicieran parar.
Quieta, observando su caminar perezoso, disfrutando de las carreras de los perros, he cogido aire, me he relajado y durante unos minutos me he convertido en todo un público disfrutando de una sencilla escena importante.
Aunque la verdad es que mis aplausos no eran para ellas, ni tampoco para los perros. Mis aplausos se han convertido en un saludo al pastor. Por estar ahí en el momento en el que yo llegaba.
Por estar ahí, en un hueco de sol entre las nubes.
Esos minutos, observándolo todo en silencio, me han dejado pensar en mi pequeño amigo gorrión, Josemari. Creo que ese ha sido el momento en el que de verdad le he dejado marchar.
Ahora descansa bajo el ciruelo al que se agarró cuando era pequeñajo
y decidió quedarse conmigo.
y decidió quedarse conmigo.
Bébete el cielo, Josemari, esquiva esos nubarrones
y extiende tus alas al sol.
Esto lo he hecho pensando en ti, pequeño gorrión
No te olvidaré.
No te olvidaré.
Y aquí me quedo yo sin ti,
sintiéndote en cada sonido,
en cada brisa,
al amanecer,
en todos los atardeceres dorados,
escuchando mil veces tu canción.
Buen viaje, mi pequeño pájaro
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