Hay días en los que necesito más espacio y escapo.
Cojo carretera y música y huyo todo lo lejos que puedo.
A ninguna parte.
Me gusta vagar sin rumbo fijo.
Necesito relajarme, sin pensar en nada, solo sentir.
Sentir intensamente la música, sentir el espacio, la soledad,
la lejanía mezclada con rabia, con tristeza, con lágrimas.
Sentir la rugosidad del asfalto, el ronroneo del motor,
la curvatura del volante sin esquinas ni aristas.
Respirar aire fresco, paisajes diferentes que a veces ni veo,
escuchando música sin parar.
Otras veces necesito vaciarme completamente.
Entonces fijo el rumbo y la carretera se convierte
en el recorrido más mágico de todos.
Y aprieto el acelerador corriendo a vaciarme de música,
de espacio, de lejanía, de rabia, de tristeza, de añoranza.
Para volver a llenarme.
Llenarme de fuerza, de alegría, de suavidad, de ternura, de contacto,
de tacto, de querencia, de impulso hacia arriba.
Sintiendo la fuerza debajo de mí. Movimiento de cuatro patas.
Y respirar tierra, sudor y cielo hasta reventar.
Huyo pero siempre regreso al atardecer.
Con una de las canciones más hermosas de Peter Gabriel.


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