- Mamá, quiero un caballo...
No lo quiero de cartón, tampoco de madera, ni con forma de escoba.
-Mira, María, si piensas mucho en él, y lo sueñas, lo conseguirás.
Aquella noche, con cuatro años, me la pasé intentando no dormirme porque creía que si le hacía caso, si pensaba mucho en él, al amanecer estaría junto a mi cama.
La verdad es que no me engañó, aquella mañana no había ningún caballo en mi cuarto, pero entonces no entendí lo que me estaba diciendo.
Y tardé bastante en entenderlo, pero siempre pensaba en él.
Aquel sueño se llama Echo (se pronuncia Eco), es un silla francés, alazán tostado, precioso, y es uno de mis mejores amigos.
Con él he vuelto a ser yo, porque a su lado he recordado muchas cosas que me decía mi papis.
Me ha recordado que es bueno desprenderse de lo que no es importante,
y disfrutar de las cosas sencillas.
No dejes nunca de soñar.
Abre tu corazón y sueña, sueña mucho.
Sueña con los ojos abiertos, con los ojos cerrados, sueña aunque tu sonrisa se te llene de lágrimas.
¡Echo y Jota ya son amigos!



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